10 DE AGOSTO DE 1993. DE TÁNGER A FEZ
Las diez de la mañana Juan Ramón y José Luís han salido, después de desayunar, camino de la Medina. Cristina y Pilar han cruzado la calle y se han bañado en el mar. Casi dos horas de paseo por las calles de la Medina. Olores, fotografías, las mezquitas, el lugar de los castigos físicos, la muralla en el acantilado frente al mar, la casa del Consulado del Ecuador las fuentes de agua potable, los hornos de pan. No es claro si es miseria, pero sí lo es la pobreza y la falta de desarrollo en la Ciudad Internacional a 15 kilómetros de Europa. Se habla español y francés. No se usa ropa árabe apenas. Cuidan el coche, en la puerta del hotel 10 dirhan el servicio y la atención del Hotel bien en lo fundamental. De regreso del paseo y de la paya, una ducha con toallas conseguidas con esfuerzo las chicas, con sábanas de las camas los niños. ¿Cómo será el hotel de Fez?
Juan Ramón nos mete, con el pan recién comprado, en el coche, camino de Larache. José Luis lee la guía, Cristina mira el plano, Pilar descansa y Juan Ramón conduce con la maestría de quien conoce ya, bien, el espíritu del conductor africano (intermitente a la derecha, giro a la izquierda, te metes o no entras, y esquiva a cientos de coches franceses, cargados con todo, camino de hogares en tierras lejanas.
15.00. En las afueras de MEKNES.
Larache, después de Asila, una pequeña ciudad en la que no nos detenemos, es una ciudad "militar" pequeña y envejecida. Los sombrajos tienen más años que la salida de los españoles que fueron los últimos en pagar un poco de pintura. Juan Ramón conduce rápido, todavía está en el Norte. Pilar pasa ratos de angustia por la velocidad. José Luis quiere leer, en voz alta, la guía, y Cristina solo quiere escuchar lo relativo al próximo pueblo.
Desde Larache hasta la desviación de la carretera de Meknes y Fez los melones, sandias y limones junto a higos chumbos son compañía del viajero. Sin embargo, en un momento determinado, que coincide con nuestro deseo de comprar limones, estos desaparecen y nos conformamos con un melón y unos higos normales.
África se nos presenta en el cruce de las carreteras de Rabat y Fez. Muros de ladrillo protegen las casas. Agricultura en una buena carretera y zonas llenas de casi un desierto que aún es solo estepa.
A las dos de la tarde, en pleno calor, llegamos a Muley Isdris, ciudad santa.
No podemos ver la mezquita, por ser Santa. Calor y escaleras en un pueblo blanco, lleno de maderas de cedro. Una plaza fea, en obras y sucia que recuerda a la de Chinchón. Los 3 dirhan para el chico que cuida el coche y la gran discusión porque le parece pequeña la propina, pagada por una excursión corta y caliente. Parece que el extranjero es digno de nada y sujeto de explotación. Cristina se enfada. Pilar está muy cansada. Juan Ramón corre por las cuestas. ¿ Valía la pena esta Ciudad Santa? A pesar de todo sí, es toda una experiencia.
N os dicen, y lo vemos, que Volúbulis, la ciudad romana está muy cerca. Sin una sola sombra. Hace mucho calor. Solo Cristina tiene un sombrero. A la salida de la ciudad, en una sombra, bajo un árbol, en un camino transitado por ovejas, algún lugareño y dos camiones, todos nos sentamos a comer. El vino de Rioja, los espárragos, la lata de algo, el pan que compramos en Tánger, los higos y el melón son un festín de gloría.
El café en un bonito hotel, con cuartos de baño limpios, una preciosa vista sobre la ciudad romana, buen servicio... y el guardacoches que nos tira la bolsa que contiene los restos de la comida. Son las 3 de la tarde. El calor es abrasador... y encima habiendo atravesado una carretera estrecha, con mal firme, riesgo de perder los bajos del coche, Pilar sufriendo, Juan Ramón avanzando cuidadoso y Cristina esperando que el camino termine pronto.
Desde el Hotel camino de Meknes, la carretera es buena, tranquila. y pronto nos sorprende una gran ciudad. Ciudad francesa, con casas con jardín en las que puede vivir cualquier europeo. Son las 5 de la tarde ya. Es otra etapa.
Las horas pasan y estamos entrando ya en el Marruecos real, en 10 que ya no es la costa y el Mediterráneo.
24.00. Hora de dormir en el Jnan Palace.
Meknes. Ciudad Santa. Casi 500.000 habitantes. Un Palacio Real, kilómetros de murallas interiores y exteriores. Viejas cuadras para 12.000 caballos de un rey que fundó la ciudad en el siglo XVII, 60.000 prisioneros trabajaron para hacer una ciudad a la medida de un rey que con 500 mujeres y 800 hijos admiraba al Rey Sol que le envió 4 relojes de los que 2 todavía dan la hora en la Mezquita.
Una ciudad antigua, otra nueva, además de la moderna. Abdull, estudiante de letras is1ámicas nos muestra su ciudad.
Universidad Islámica y Universidad Civil. 277 Mezquitas y torres verdes del Corán, con 3 o 5 bolas por los profetas Mahoma, Jesús y Moisés o por las horas de oración de los creyentes.
Palacios, calles concurridas, vida intensa en una ciudad beréber que vive de la artesanía y del campo. La lana viva y la lana muerta, las alfombras (volvemos a visitar otra tienda de alfombras), los bronces, la plata y el oro, la madera (olor a cedro) ... Todo lo vemos en la gran Medina, que en la ciudad dicen que es la mejor y menos turística de Marruecos.
Pero el color y el aroma vital está en el mercado de especias. Pilar compra una mezcla y Cristina se ilusiona con el cool para los ojos.
Rechazan, sin embargo, y acaso por nuestra presencia la mezcla de especias que hace a la mujer tener, un rato, un hombre activo y hambriento de su existencia.
El encanto de la ciudad y sus olores llena los ojos de los cuatro visitantes que no sienten ilusión alguna por cruzar palabra con otros españoles que se cruzan en las cuadras de techos derruidos desde el terremoto de Lisboa en 1710.
Los camaleones tientan a Juan Ramón y a Cristina. Cambian de color según las especias que les rodean. Las mujeres usan ropa típica y europea. Pocos rostros velados. Nadie orando a la puesta del sol.
En la puerta de la Mezquita, muy hermosa, los aguadores. En las fotografías no veremos la furia del hombre que reclamaba doble precio por su imagen, ni la resistencia de Cristina a pagar lo que tenía su distinto precio. El recuerdo de Meknes será una caja de madera de pino y un bol de olivo (¿Será olivo?), Para las ensaladas. Pero esto no será sino el recuerdo que animará los recuerdos que las fotografías y el vídeo no pueden contener de una cultura distinta y próxima.
A Juan Ramón no le gusta conducir en la noche. Abdull fue concienzudo, con su cojera, se ganó su soldada y dio satisfacción al cliente arrancado por una pregunta, en un semáforo de la ciudad moderna, desde una motocicleta a un automóvil español. Curioso, el guía no entra, con nosotros en la Gran Mezquita, la única que se puede visitar, por los paganos, en el reino alauita.
Y carretera. 40 kilómetros difíciles por el tráfico y por las sensaciones encontradas. ¿El hotel es el de la guía? ¿El hotel será...? En realidad el hotel no importa, aunque estamos cansados y una habitación buena es el anhelo de los viajeros plenos de emociones.
La entrada en Fez es larga. Inmensa de luces. Una ciudad amplia. Grandes avenidas en la entrada. Coches europeos. Bulevares. El Hotel. Es el hotel en el que hoy escribo. Duchas, cambio de ropa. Es estar, otra vez en occidente con mezcla de oriente. La cena internacional. Vino, camareras, servicio atento en un marco de estucos, celosías, alfombras y la hospitalidad de oriente.
Al entrar Pilar llama a sus hijos, José Luis habla con sus hijas. Todo va bien en Torrelodones. Es la garantía de poder seguir disfrutando un viaje que ya ha cobrado, en su segundo día, todo el sentido. Es cada vez más la satisfacción de haber elegido un buen viaje en el verano del 93.
En resumen: Viaje largo de carretera, cambios crecientes hasta entrar en África. La sorpresa de dos grandes ciudades. Un pueblo español que se perdió en el tiempo, una ciudad romana que se recupera del pasado para ser nada, una gran Medina encerrada y viva en una ciudad que es ya otra cosa, en la que la vida es probablemente ya para una gran parte de su población mas parecida a la nuestra que a la de los mercaderes que venden la artesanía de la región. La lana de las alfombras marroquíes es ya lana merina de Australia. Tenemos suerte de haber visto Meknes cuando todavía existe.